Por Diez Pesos Argentinos

Por Gonzalo Artal Hahn

Un día paseando por las cashes de la ciudad autónoma, entre el riachuelo y las Isenbeck, me llegó la señal corporal de que estaba a punto de mearme. Mal, sin términos medios. Era al toque, era shá.

Entre fintas, slalom y regates bien espasmódicos, eludí a los mismos que me dateaban y conectaban con una galería -que también era schopería- un lugar donde se podía usar el sanitario sin culpa alguna. Así, tal cual.

Tras los suspiros y los tiritones propios del liberador ritual, volví poco a poco a conectar con las imágenes del mundo real. Y fue ahí que lo vi. Al lado mío, pero al lado poh hueón.

Primero divisé esos aros redonditos bien brillantes y unos trazos de cabellos pelusonamente moteados. No estaba pintado, como cuando regresó a la Bombonera esa tardecita mágica y de ensueño con miles de papeles picados tras año y medio de inactividad. Bueno, sin la posibilidad de escribir más paginitas, pero con Fiorito, Devoto, La Paternal, Barcelona, Nápoles, las dos pepas ante los ingleses, el Ferrari negro, las copas doradas, los scudettos y su incuestionable graduación de crá sobre esos hombros donde, por cierto, el balón subía y bajaba sin lógica alguna.

No tenía halos ni le divisé resplandores cuáticos, sino que más bien se trataba de un ser normalito con una contextura promedio. Aunque claro, sabía de ventajas al cubrirse con esa albiceleste a rashas que mantenía adosada ese diez de felpa que, dicen, logró arrebatarle a Juan Carlos Bujedo; el lateral de Velez que debió hervir en culpa por dejar que se calzara ese respetable, laborioso pero extremadamente ajeno seis en la Copa América del ‘79. La seis poh hueón.

Y nada. Cuando se voltea, se me sale un noooo papaaaá, con el que juré que le puse mucho más atmósfera a nuestro momento. Y claro, después de responderme con todos los dientes y cancheriarme con ojos, párpados y las mismísimas comisuras, caché que me estiraba la trompa.

Nooooo. No como al Cani ni como a Gianina o Dalma, quien le llenaba de pétalos las medias, ahí, justo donde solía recibir hachazos y los ataques más certeros de la FIFA, sino que más bien, en plan de querer alertarme que ahí, a centímetros, abajito de su jineta azul de eterno capitán, pero arriba de la tapa del water, había algo para mancharse la ñata y los papeles.

La pelota ni cagando. Ni cagando hueón oh.

Una vez afuera, en caminito, nos tomamos una foto bien abrazados. No tan efusivo como cuando Puch le dedicó su gol después de la partida de Dalma Blanco, Doña Tota, o como sentí que lo despidieron los argentinos y los miles de agradecidos que se pegan el alcachofazo que uno, así, con su magia, cucos, patinazos y cagazos, más todas las equivocaciones pagadas, no será fácil de encontrar. En una de esas, con tanta crítica al voleo, capaz que lo único cierto es que nadie se va a atrever a brillar nunca más. Digo, con tal de no hacer enojar a tal o cual.

En todo caso, lo que también recuerdo de ese día es que me cobró diez pesos argentinos, por la foto.

Y que anduve re feliz.

A Gardel no lo pesqué. Es que aún no sabía del poder de su canto.


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te teré es una onomatopeya​, una imitación lingüística del sonido con el que comienza Cariñito, el temón de Rosado/Los Hijos del Sol que tras servir de inspiración para alentar a un equipo y crear una revista, mutó hasta convertirse en una web que tiene casi el mismo fin. Es que ahora, además de ofrendar información sobre pelotas, dragones y lo qué sucede en los rincones de Iquique, incorpora sugerencias acerca de quienes podrían ayudarlo a hacer lo que tiene pensado hacer en la capital de la región de Tarapacá.





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