La Jipa


Por Pedro Marambio Vásquez

Eran mis tiempos de estudiante universitario, flaco y pailón, con el rubor de la vergüenza cayéndome en la cara por cualquier tontería. Salía por primera vez de mi hogar y me recibía el enrarecido ambiente universitario ariqueño y el escaso interés de los profesores por mi poesía.

Por ahí, caminando desnutrido por las aceras de calle Maipú con Baquedano, después de comprar cigarros Minister en un kiosco atendido por un viejito que escuchaba a todo volumen su caset de tangos, con mis versos escondidos en el bolsillo de mi chaqueta, con mi cuerpo hambreado y el vapor de la nostalgia en los ojos, descubrí de casualidad un sucucho perfumado de pan calentito y café con leche.

Eran las nueve de la noche. Acostumbraba a deambular por las calles de la Eterna Primavera buscando el aire maloliente de las pesqueras de mi puerto que, para mí, era perfume. Y no sé cómo aparecí sentado en el local de comida al paso llamado Hippie.

En este sucucho limpio y malalumbrado, una mujer de pueblo se acerca y me pregunta con voz de cuculí: joven, ¿qué se va a servir? Estuve tentado a dejarme caer en sus brazos y llorar hasta mojarle su delantal, pero siempre puede más la apatía y con voz sin matices le pedí un café con leche y un sánguche de lo que fuera. El sabor de la comida remedia la tristeza.

Ella con su aire de mujer nortina acicalada de sol y vientos rarísimos que levantan polleras y desordenan peinados ariqueños, se enterneció de mi aspecto de poeta perdido e intuyó mi indefensión –no tuvo necesidad de leer la cantidad de hojas sueltas que andaban en mis bolsillos o entre mis apuntes de teoría literaria- esa desazón poética que asaltaba mi cuerpo como una alergia desmedida de tinta de lápiz y humo de cigarrillo.

No fue más. Como una mami chola me acogió sin decir palabra, sin mirarme, envuelta en su delantal de niña humilde y soñadora, cantando en susurros La Noche de Salvatore Adamo, mientras atendía a otros parroquianos que salían de sus trabajos o acudían por el té de manzanilla que calma la herida del desamor. Allí, permanecía varias horas. Ella, curiosa, me miraba de reojo. De vez en cuando se acercaba a limpiar el mesón, entonces yo podía oler el aroma a jabón Popeye que desprendía su ropa.

El sucucho Hippie se volvió mi centro terapéutico, el refugio donde acudía a calmar mi hambre de gaviotín perdido. Y esta madona obrera, la machi del Morro, tan de cuerpo ágil y cesta con aceituna, se volvió una mami postiza. Un retrato viviente de la vecina que consuela a los derrotados.

Nunca supe su nombre, ni qué colectivo tomaba para volver a casa. Si tenía hijos o si un amor la esperaba en alguna esquina de calles estrechas para colmarla de besos y silencios.

La ternura no tiene palabras ni tiempo, solo sucede como un acto reflejo, ahora que ha pasado el tiempo y olvidé a mi compañeros crueles que copiaban y leían a medias a Sartre, me vuelve la imagen de esta ariqueña de manos ajadas que llevaba la taza con café humeante hasta donde siento mi cuerpo cansado. Era mi única amiga. Nuestro romance era mudo, asexuado, lleno de la cordura y la rigidez corporal de los atormentados. La música era el lenguaje que ponía romanticismo a ese cariño que llevaba el suero de la maternidad.

Cuando terminaba mi café la buscaba para pagarle con un billete arrugado como mi futuro o, en su defecto, con una sonajera de monedas. Ella recogía esos pesos miserables, los ingresaba a la caja y extraía de vuelto el mismo billete con que le había pagado. La Jipa, como la bauticé con afecto cotidiano de tetera hirviendo, de mesón que huele a cloro, de televisor que esparce la voz y la imagen de Kiki Blanche en Bellas y audaces, me tenía un cariño invisible. Tal vez le recordaba su propia juventud atolondrada.

Un reloj mal colgado y empañado por el humo del aceite hirviendo indica la hora de irme a la pieza donde mora mi fragilidad. A mi lado, una chola de polleras se come un cebiche con camote y queso de cabra. De espaldas a la calle, una pareja de enamorados se hace arrumacos mientras comparten la promoción té + completo.

Esta escena de novela romántica es nada sin la mesera con nombre desconocido que se afirula antes de cerrar el local, tal y como lo hace los fines de semana para ir al mercado Diego Portales y que viaja en la micro mientras los Kjarkas en la radio celebran la cotidiana melancolía del nortino. Ella va feliz, protegida por la medallita de la virgen de Las Peñas que se le asoma por entre las tetas joviales. Ni se debe acordar de mí, del esmirriado joven con ínfulas de poeta que antes de llegar a su local, caminaba errante por las calles ariqueñas superpoblada de restoranes que ofertan ají de gallina y pisco sour, de vendedores ambulantes que ofrecen melcocha o chocolates Supremo que calman el hambre, pero no la melancolía.


Marambio es escritor, poeta e Hijo Ilustre de Iquique.


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te teré es una onomatopeya​, una imitación lingüística del sonido con el que comienza Cariñito, el temón de Rosado/Los Hijos del Sol que tras servir de inspiración para alentar a un equipo y crear una revista, mutó hasta convertirse en una web que tiene casi el mismo fin. Es que ahora, además de ofrendar información sobre pelotas, dragones y lo qué sucede en los rincones de Iquique, incorpora sugerencias acerca de quienes podrían ayudarlo a hacer lo que tiene pensado hacer en la capital de la región de Tarapacá.





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