Matute de Tuto Ramos nos mete a una cancha con ranas, pezuñas y fetos

En algunos sitios de Cochabamba uno no para de descubrir rarezas. “Pueden hallarse hasta  órganos  humanos, es asunto de consultar”, dice el poeta Malebrán en una de las diez crónicas escritas por Rodrigo Ramos Bañados en Matute, su nuevo libro de 47 páginas que quedaría en 42 -por ver- si se anima a leer –por acá- La Cancha. Un regalito para los amantes, adictos y fieles devotos de te teré.


Gonzalo Artal Hahn

Una finta realizada a la mismísima muerte gracias a un chilcanito que sí resultó ser el último, una sesión a solas con un invocador de satanás, quien recontra jura que su desafiante encuentro solo lo realiza para auxiliar a los demás y unos coquetos pero profesionales intercambios de palabras con Bastiana y Martina, dos de las muchísimas servidoras que figuran en el clásico mall sexual con nombre de flor de Alto Chorrillo, en Tacna, son los hilos reconocibles de tres de las diez crónicas escritas por Rodrigo Ramos Bañados en Matute.

Un libro de 47 páginas impreso por la Editorial Aparte que se convierte en el segundo trabajo que el ex periodista del Diario El Nortino y el Mango de Iquique saca en este año pandémico, ya que también andan dando vueltas por tiendas y espacios virtuales las ediciones del libro de cuentos Palo Blanco.

“Matute es un libro de crónicas de viajes realizados a las fronteras de Chile con Perú y Bolivia, y la de Bolivia con Brasil. Relatos donde el cronista pone el cuerpo, además de la mirada o el sapeo”, cuenta el periodista y escritor nacido en Antofagasta, quien, además de recorrer túneles parecidos a los de Vietcong, pero situados en el Cusco no gringo y sobrevivir a la experiencia del Expreso Matieño en San Matías, camino a Santa Cruz de la Sierra, probó un poco de la santería cochabambina.

-¿Es verdad que te dijeron que no era temporada de córneas?

“O sea el mito de que venden órganos está. Y córneas es como lo más fácil de hallar. Hay mucho tráfico de órganos de Bolivia a Brasil. Mucha mafia y, por ende, personas de comunidades rurales desaparecidas”.

-No deja de ser pelúo el recorrido.

“Demás. Igual yo estaba en compañía de Juan Malebrán, quien está radicado allá. Fui después de ver el partido del mundial de Brasil entre Chile y Australia que se jugó en Cuiaba”.

-Ufff. La selva que traga.

“Así es. Y las imágenes de chicos desaparecidos así lo demuestran. De hecho, están pegadas en el terminal de buses y varios lados, pero mejor te dejo enterita esa crónica para que la gente de Te teré le eche un vistazo”.

-¿La dura?

“Claro”, responde el también padre de novelas como Alto Hospicio, que salió publicada el 2009 por la editorial Quimantu; Pop, que es del 2010 y la editó Cinosargo, además de Namazu, publicada el 2013 por Narrativa Punto Aparte y Ciudad Berraca, un libro sobre la inmigración de una familia colombiana hacia Antofagasta que en el 2018 trajo a la vida la editorial Alfaguara.


Fotos: Sebastián Rojas Rojo

La Cancha

Un brujo le sesea cosas al oído a un señor, sus ojos pequeños revelan cierto aturdimiento. Ambos hombres están agachados justo debajo de un local donde se expenden fetos de llama. A ese pasillo le denominan el de los brujos. Hay ranas, pezuñas y huesos. Una pata de llama puede ser el control remoto para encender algún espíritu. Hay cartas. El tarot, como siempre, se vende bien. En ese mundillo colorinche de santerías, donde los rincones huelen a orín, la hoja de coca manda. La hoja de coca habla. La coca puede predecir lo que usted hará a futuro.

La Cancha, en Cochabamba, es una de las más vertiginosas ferias de Sudamérica. Juan Malebrán es chileno y lleva siete años viviendo en la ciudad donde se filmó la película Caracortada. Malebrán cuenta que le costó tomarle el pulso a la ciudad. Los bolivianos son cerrados. No les gustan los extranjeros, dice. Tampoco les gustan las barbas. Malebrán luce como el Che Guevara  y tiene de novia a una chica española descendiente de japoneses.

En Cochabamba hay muchos gringos de paso. Algunos van a creerse Caracortada. Los bolivianos desprecian la cocaína. En cambio, el brillo del polvo deslumbra a los gringos. Por la cocaína muchos de ellos son engañados y asaltados. “Otros se pierden y otros se quedan”, cuenta Malebrán. Abundan historias como la de un serbio que peleó en la guerra de los Balcanes y luego la mafia lo envió a Cochabamba. Los sueños del serbio se quedaron adheridos en el control de narcóticos en el aeropuerto de El Alto. Pasó cuatro años en una cárcel de Bolivia. Hoy mantiene un pub que es frecuentado por extranjeros. El serbio, medio en broma, dice que tiene una buena idea para que Bolivia recupere el mar: lanzar un bombardero de cocaína a Chile.

Unas cholas de trenzas hasta la cintura se ríen de un gringo al que se le cayó la cámara fotográfica. Los gringos son blanco de burlas en medio de los estrechos pasajes de La Cancha. Es fácil perderse en el mercadillo más grande de Bolivia, sobre todo cuando se anda en busca de cocaína. Cerca del gringo unas mujeres ciegas rezan. Podrían estar haciéndolo todo el día. Es una música monótona, molesta.

En La Cancha uno no para de descubrir rarezas.

“Pueden hallarse hasta órganos humanos, es asunto de consultar”, dice Malebrán. Cuenta que hay mafias brasileñas que compran órganos. En los sectores rurales hasta se llega a matar para vender los interiores. Cada cierto tiempo desaparecen niños. Las imágenes de chicos desaparecidos están adheridas en el terminal de buses y en otros sectores. A la gente se la traga la selva. Cochabamba está al lado de Chapare, una zona selvática boliviana famosa por la producción de hojas de coca.

El hombre dice que el descontrol es grande en cuanto a la salud. Hace poco la morgue colapsó y los cuerpos estaban a vista y paciencia de todos en el hospital. Nos atrevemos a preguntarle a una chola dónde venden coca. La chola apunta un sector. Malebrán dice que vayamos.

En el trayecto nos detenemos frente a Rosauro, un brujo de ojos pequeños como pasas y pies plomizos por la tierra. El oficio de don Rosauro es lanzar las hojas de coca para predecir la fortuna. Junto a él, hay varios a la redonda que trabajan leyendo las hojas de coca o lanzando cartas. Todos pueden ser catalogados como brujos. Sus principales clientes son las cholitas, sin embargo, esta vez Rosauro hace una excepción. Quienes trabajan en La Cancha son reacios a las fotografías y a los extranjeros. En ocasiones son agresivos. Cuentan que las cholitas son capaces de lanzarle un zapato al intruso que moleste. En consecuencia, debemos estrujar a Rosauro. Nada de visita de doctor. Una sesión de tú a tú con este brujo boliviano. Rosauro nos pide un billete de diez bolivianos para empezar. Nos invita a agacharnos y con un balbuceo pregunta mi nombre. Luego de la presentación, mirando fijamente las hojas de coca, pregunta qué es lo que realmente quiero de él. Le explico el asunto. El hombre levanta la pera y queda en pose de estatua. Antes de que desarrolle su trabajo, me da permiso para fotografiarlo. A las cholas vecinas no les gusta la idea de las fotos. Una se va y la otra le dice una palabra en dialecto andino al brujo. Acto seguido, el hombre me extiende su palma en señal de que pare con las fotos. La chola se cruza de brazos y observa la escena. Luego contesta el celular. Un minuto y el asunto vuelve a la calma.

Rosauro me pide que lance las hojas. La primera vez lo hago mal. Me hace una pequeña corrección. Intento dos veces más y a la tercera resulta. La cuarta va en serio, así que lanzo. La chola sigue atenta a lo que hacemos.

“Señores, las hojas de coca son complacientes”. Sin embargo, los dibujos que habían formado se deshacen cuando le hacemos una segunda pregunta. “No”, dice. Lee las hojas. Tajante afirma que habrá quiebre. La presión de las cholas es grande. Le damos otros diez bolivianos y salimos por esos pasillos repletos de cabezas de animales muertos. Nunca sabremos si nos lanzaron un zapato o no.

Llegamos a un pasillo donde hay peces raros, ranas y tarántulas. Venden gatos y perros. Un animalista terminaría con dolor de cabeza. Cruzamos un sector donde expenden carne sin refrigerar. Malebrán cuenta que una vez en el sector de los animales había una jaula con un león de circo. No tiene claro el destino del león.

“Tal vez se lo terminaron comiendo ¿quién sabe?”, dice con sonrisa maliciosa.

El lugar donde supuestamente venden órganos es aledaño al sector de carnicerías. Preguntamos dos veces por corneas, pero nadie nos responde. Un cholo nos ofrece frascos con grasa humana. Dice que a veces es posible encontrar más cosas. Hay cremas de aceite humano para la piel y otros menjunjes. Insistimos con las corneas. El cholo dice: “no es época”.



*La Cancha es una crónica que aparece en el Libro Matute, de Rodrigo Ramos Bañados, publicado por la editorial Aparte, el que se puede adquirir en: https://www.lakomuna.cl/tienda/product/2853_matute


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te teré es una onomatopeya​, una imitación lingüística del sonido con el que comienza Cariñito, el temón de Rosado/Los Hijos del Sol que tras servir de inspiración para alentar a un equipo y crear una revista, mutó hasta convertirse en una web que tiene casi el mismo fin. Es que ahora, además de ofrendar información sobre pelotas, dragones y lo qué sucede en los rincones de Iquique, incorpora sugerencias acerca de quienes podrían ayudarlo a hacer lo que tiene pensado hacer en la capital de la región de Tarapacá.





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